• La natación es considerado el tipo de actividad física preferida tras andar y salir en bici (Pieron & Knop, 2000; Stephens & Craig, 1990). Asimismo, nadar siempre ha sido valorado como la modalidad de ejercicio saludable per se, debido a sus beneficios generales. Además, en el agua se reducen las limitaciones para realizar ejercicio debidas al peso corporal. Por ello es un entorno favorable para personas con lesiones musculoesqueléticas, sobrepeso, obesidad, mujeres embarazadas y personas mayores (Bougault et al., 2009). No obstante, pese asus notables ventajas respecto a otro tipo de ejercicios aeróbicos, hay particularidades y aspectos relacionados con la eficacia de su prescripción y la seguridad de su práctica que hay que tener en consideración.

    La natación es recomendada a menudo por médicos y profesionales del sistema sanitario como una terapia saludable y beneficiosa en personas con problemas de espalda. En este sentido, esta modalidad deportiva se prescribe a menudo con el fin de prevenir o corregir deformaciones vertebrales (López-Miñarro, 2002; Pastor, 1999; Santonja, 1996) y para aliviar el dolor de espalda o los síntomas asociados a hernias discales. Sin embargo, la natación de estilos parece que no es la mejor prescripción en personas con problemas de espalda (López-Miñarro, 2002). En referencia a la escoliosis (Green et al., 2009), varios autores han recomendado la natación como una opción válida dentro de muchas (flexibilidad, core-training, etc.) para los pacientes con esta desviación de la columna (Omey, 2000; von Strempel, 1993; Wood, 2002; Liljenqvist, 2006)  ya que es un ejercicio de bajo impacto (Liljenqvist, 2006) que ayuda a mantener la resistencia, fuerza y flexibilidad (Omey, 2000).

    Otros autores (Khodaee et al., 2016; Meyer, 2007; Schiller, 2008), en cambio, no recomiendan la natación -especialmente el estilo mariposa y la patada de delfín- durante su tratamiento debido especialmente debido a las rotaciones y movimientos bruscos que se producen durante los movimientos. Por lo tanto, la natación en este tipo de problemas de espalda debe ser un complemento al programa de rehabilitación (Pastor, 1999), supervisado siempre por los profesionales correspondientes, y no utilizado como el tratamiento estrella para mejorar o prevenir este tipo de afecciones.

    Otra cuestión relacionada con la columna vertebral es conocer cómo afecta la natación a la degeneración del disco intervertebral. En este sentido, contrariamente a lo que se supone, un estudio encontró que el mayor ratio de degeneración en diferentes deportes lo tuvo la natación (junto con el béisbol) debido a que en estos deportes se producen actividades rotatorias repetitivas en el tronco y es un tipo de estrés que favorece esta afección (Hangai et al., 2009). De hecho, se encuentran mayores daños en nadadores de élite que en nadadores populares (Kaneoka et al., 2007). En cualquier caso, actualmente no hay evidencias que demuestren que la natación mejore la degeneración de los discos intervertebrales (Belavy et al., 2015).

    Por otra parte, la natación no es considerada una buena elección en relación a la salud ósea, debido a que el impacto y el estrés que sufren las articulaciones dentro de la piscina no es suficiente para producir un incremento óseo apropiado (Abrahin et al., 2016; Gómez-Bruton et al., 2003; Mohr et al., 2015; Nilsson & Westlin, 1971).

    Nivel cardiovascular y pulmonar

    Respecto a la salud del sistema cardiovascular, las personas que realizan natación tienen un mejor perfil de riesgo de enfermedad coronaria que las sedentarias. No obstante, puede que el ejercicio en agua tenga más riesgo cardiovascular que otras modalidades realizadas fuera del agua como la marcha, carrera o bicicleta (Tanaka, 2009).

    A nivel pulmonar, la natación tiene ciertas peculiaridades que hay que tener en cuenta también. En las piscinas es común el uso del cloro como desinfectante para reducir el riesgo de infecciones víricas y bacterianas. Sin embargo, cuando el cloro reacciona con ciertos componentes orgánicos (sudor, orina, cremas, aceites, etc.) los nadadores pueden estar expuestos directamente a algunos componentes químicos por ingerir agua, inhalar cloro en el aire o el simple contacto con el agua (56, 57). La exposición a largo plazo a estos químicos puede provocar síntomas respiratorios clínicos que tienen un impacto negativo en la salud del nadador (rinitis crónica, irritación nasal, obstrucción nasal, sinusitis, dificultad para respirar, sibilancias, tos, opresión pectoral) así como irritación ocular o dolor de cabeza (Bougault & Boulet, 2012; Deitmer & Scheffler, 1990; Khodaee et al., 2016; Martin et al., 2012; Turcotte et al., 2003). Además, la natación en personas asmáticas, a pesar de ser una actividad beneficiosa por ser menos ‘asmogénica’ que otro tipo de actividades al aire libre (3-5), puede tener efectos negativos como la broncoconstricción inducida y la irritación de las vías aéreas debido al cloro de la piscina (Bar-Or & Inbar, 1992).

    Por lo tanto, a la hora de recomendar que una persona realice natación, es importante plantearse si este tipo de ejercicio es adecuado y eficaz para conseguir los propósitos que tengamos en la persona o paciente desde un punto de vista científico y no empírico, teniendo en consideración los problemas más comunes que pueden surgir de la práctica deportiva en el entorno acuático.

    Javier Alonso Álvarez
    Doctorando en Ciencias del Ejercicio y Salud
    Técnico Superior FEDA en Fitness y Entrenamiento Personal
    Máster en Rendimiento Deportivo y Salud

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